“TODAVÍA SOMOS ENVIADOS”
Pastor Rafael Mulet
Juan 20:21b: Como me envió el Padre, así también yo os envío
Hermanos, hoy hemos reído, hemos jugado, hemos disfrutado de las poesías y de las ocurrencias de nuestros hermanos.
Y quizás alguien pudiera pensar: “Qué bonito programa hemos tenido.”
Pero yo quiero decirles algo esta noche: Esto ha sido mucho más que un programa.
Porque detrás de cada sonrisa, detrás de cada juego, detrás de cada poesía y de cada momento de alegría, hay algo que Dios quiere recordarnos:
Todavía somos útiles en las manos de Dios.
Y cuando digo “somos”, quiero incluir a todos los que estamos aquí esta noche.
A nuestros queridos años dorados, que son los promotores
de este programa.
A nuestros adultos, que siguen trabajando,
sirviendo y sosteniendo sus hogares.
A nuestros jóvenes, que tienen delante de
ellos enormes oportunidades para servir al Señor.
Y también a nuestros niños, que, aunque todavía están creciendo, ya pueden aprender a amar a Dios, amar a los demás y servirle con alegría.
Porque Jesús no dijo solamente a un grupo de
edad: “Así también yo os envío”
Estas palabras son para toda la iglesia.
A los años dorados Jesús dijo: “Como me envió el Padre, así también yo os envío.”
No dijo: “Mientras sean jóvenes, los enviaré.”
No dijo: “Mientras tengan muchas fuerzas, los
enviaré.”
Dijo: “Yo os
envío.”
Y mientras Dios nos dé vida, seguimos siendo
enviados.
Tal vez nuestras piernas ya no caminan como
antes.
Tal vez nuestros ojos ya no ven como antes.
Tal vez nuestras fuerzas ya no son las mismas.
Pero hay algo que los años no pueden
quitarnos:
lo que hemos aprendido de Dios.
Tenemos historias que contar.
Tenemos experiencias que compartir.
Tenemos testimonios de momentos en los que
Dios nos sostuvo cuando pensábamos que no podíamos más.
Tenemos recuerdos de oraciones contestadas.
Tenemos lágrimas que Dios secó.
Tenemos momentos en los que solamente pudimos
decir:
“Señor, ayúdame.”
Y Él nos ayudó.
Por eso, hermanos de los años dorados:
¡Todavía tenemos algo que decir!
Todavía hay alguien que necesita escuchar
nuestro testimonio.
Todavía hay alguien que necesita una palabra
de ánimo.
Todavía hay alguien que necesita que oremos
por él.
Todavía hay alguien que necesita una sonrisa.
Todavía hay alguien que necesita saber que Dios no lo ha abandonado.
Pero esta misión no pertenece solamente a los adultos mayores:
A nuestros adultos no dorados, Dios les dice:
Todavía son enviados.
En sus hogares, en sus trabajos, con sus familias, con sus vecinos y dondequiera que estén.
A nuestros jóvenes, Dios les dice:
Ustedes también son enviados.
No tienen que esperar a ser mayores para
servir al Señor.
Pueden ser una luz en su generación.
Pueden llevar esperanza a sus amigos.
Pueden demostrar que seguir a Cristo no es una carga, sino una bendición.
Y a nuestros niños, quiero decirles algo:
Ustedes también pueden servir a Jesús.
Tal vez todavía no puedan hacer muchas de las cosas que hacen los adultos, pero pueden sonreír, pueden compartir, pueden ayudar, pueden orar y pueden aprender a amar a Jesús.
Nunca pensemos que somos demasiado jóvenes o
demasiado mayores para ser usados por Dios.
En la familia de Dios hay lugar para todos.
Y hoy hemos demostrado algo muy hermoso:
Hemos demostrado que servir a Dios no siempre
significa estar detrás de un púlpito.
A veces servir a Dios es hacer reír a alguien
que estaba triste.
A veces es compartir una poesía.
A veces es participar en un juego.
A veces es sentarnos junto a alguien y
preguntarle:
“¿Cómo estás?”
Y, sobre todo, hacerlo con amor.
Porque cuando Cristo vive en nosotros, hasta una sonrisa puede convertirse en un ministerio.
Por eso Dios no quiere que salgamos de aquí pensando:“Terminó el programa.”
Dios quiere que salgamos pensando:“Terminó el programa, pero no terminó nuestra misión.”
Mañana seguimos siendo enviados.
Los niños, enviados.
Los jóvenes, enviados.
Los adultos, enviados.
Los adultos mayores, enviados.
Toda la iglesia, enviada.
En nuestra casa, somos enviados.
En nuestra familia, somos enviados.
Con nuestros vecinos, somos enviados.
Con nuestros amigos, somos enviados.
Cuando alguien necesita una palabra de
esperanza, somos enviados.
Cuando alguien necesita compañía, somos
enviados.
Cuando alguien necesita conocer a Cristo, somos enviados.
Y quiero terminar con una imagen:
Una vela puede haber estado encendida durante muchos años y haber perdido parte de su tamaño; pero mientras siga encendida, todavía puede iluminar.
Así somos nosotros.
Quizás han pasado muchos años.
Quizás llevamos las marcas del camino.
Quizás hemos perdido algunas fuerzas.
Pero mientras Cristo nos mantenga encendidos, todavía podemos iluminar.
Y nuestros jóvenes y nuestros niños necesitan
ver esa luz.
Necesitan ver a hombres y mujeres que han caminado muchos años con Cristo y que pueden decir: “Dios ha sido fiel.”
Y nosotros, los adultos, necesitamos mirar a nuestros jóvenes y niños y decirles: “Ahora les toca a ustedes llevar esta luz a la próxima generación.”
Así, la iglesia no se detiene.
Una generación enseña a la siguiente.
Los mayores transmiten su experiencia.
Los adultos sirven en el presente.
Los jóvenes toman el relevo.
Y los niños crecen aprendiendo a caminar con
Cristo.
Todos juntos formamos una sola familia y un solo cuerpo en Cristo.
Así que, hermanos, no digamos: “Ya estoy viejo
para servir.”
Digamos: “Señor, aquí estoy. Todavía puedo ser usado por ti.”
Y tampoco digamos: “Soy demasiado joven.”
Digamos: “Señor, enséñame desde ahora a servirte.”
No digamos: “Ya hice bastante.”
Digamos: “Mientras me quede vida, quiero seguir sirviéndote.”
Y recordemos siempre las palabras de nuestro
Señor:
“Como me envió el Padre, así también yo os envío.”
El programa termina. La música termina. Los
juegos terminan. Las risas de esta noche terminan.
Pero la misión continúa.
Continúa para nuestros niños.
Continúa para nuestros jóvenes.
Continúa para nuestros adultos.
Continúa para nuestros años dorados.
Continúa para toda la iglesia.
Y si Cristo todavía nos tiene aquí…
¡ES PORQUE TODAVÍA TIENE UN PROPÓSITO PARA NOSOTROS!
Que Dios bendiga a nuestros hermanos de la
edad dorada.
Que Dios bendiga a nuestros niños.
Que Dios bendiga a nuestros jóvenes.
Que Dios bendiga a nuestros adultos.
Y que Dios bendiga a toda nuestra iglesia, para que juntos sigamos llevando a Cristo, llevando esperanza y llevando alegría a un mundo que tanto lo necesita.
Y que cuando llegue el último día de nuestra vida podamos decir: “Señor, gracias por haberme permitido servirte hasta el final.”
Amén.
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