Aquí presentamos el bosquejo predicado junto con parte de la transcripción editada, para que puedan utilizar estas notas en el encuentro celular.
Pastor Israel Cordovés
Pasaje
Bíblico: Efesios 4:1-6
Introducción:
1. Estamos estudiando el libro de Efesios, y hoy comenzamos una de las secciones más desafiantes de toda la carta.
Muchos piensan que la parte más difícil de Efesios es la sección teológica,
es decir, los capítulos 1 al 3. Y en cierto sentido, sí lo es, porque allí
encontramos doctrinas profundas acerca de la gracia de Dios, la salvación, el
propósito eterno del Señor, y todo lo que Dios ha hecho, hace y hará con sus
hijos.
En esos capítulos aparecen palabras que a veces chocan, confrontan e
incluso incomodan. Son términos doctrinales que no siempre comprendemos
plenamente y que, en algunos casos, han sido causa de discusiones, divisiones y
controversias entre creyentes e iglesias. Palabras como elección, predestinación,
llamamiento, y otras doctrinas relacionadas con la gracia de Dios, han
producido debates intensos a lo largo de la historia de la iglesia.
A esas enseñanzas, en términos generales, las llamamos doctrinas de la
gracia. ¿Por qué? Porque tienen que ver con lo que Dios da gratuitamente. La
gracia es el favor inmerecido de Dios, el regalo divino de la salvación. Por
eso, cuando hablamos de las doctrinas de la gracia, hablamos de las verdades
que explican cómo Dios salva, llama, escoge y obra en su pueblo.
Sin embargo, aunque esa sección doctrinal puede parecer difícil, lo que
viene ahora, a partir del capítulo 4, resulta todavía más desafiante. ¿Por qué?
Porque ya no se trata solamente de hablar de lo que Dios ha hecho, sino de qué
debemos hacer nosotros a la luz de lo que Dios ha hecho por nosotros.
Ahí es donde la cosa se pone seria.
Nos gusta hablar de Dios, de su soberanía, de su gracia, de su poder, de su
voluntad, de su obra salvadora. Y eso está bien. Pero no siempre nos gusta
hablar de la parte que nos corresponde a nosotros. No siempre nos gusta
escuchar que la gracia de Dios, cuando realmente ha transformado una vida,
también demanda una respuesta concreta, visible, práctica y obediente.
Hay círculos teológicos donde, cuando uno empieza a hablar de
responsabilidad humana, de obediencia, de conducta, de santidad práctica,
rápidamente surgen las etiquetas: “Eso es muy humanista”, “eso es arminiano”,
“eso le quita la gloria a Dios”, “eso minimiza la soberanía divina”. Pero el
punto aquí no es entrar en una guerra de etiquetas teológicas.
La realidad es que la Biblia enseña claramente la voluntad soberana de
Dios, y también enseña claramente la responsabilidad del creyente. Ambas cosas
están en la Escritura. Aunque no entendamos todos los misterios, están allí. Y
no están para pelear, sino para creer, obedecer y vivir.
Por eso, el verdadero desafío comienza en Efesios 4. Ya vimos la doctrina.
Ya vimos la gracia. Ya vimos la salvación. Ya vimos el llamamiento eterno de
Dios. Ya vimos la oración de Pablo al final del capítulo 3, cuando dice: “Por
esta causa doblo mis rodillas…”. Esa oración sirve como cierre de la primera
gran sección de la carta.
Pero ahora viene la pregunta inevitable:
¿Qué hacemos con todo eso?
¿Qué hacemos con la salvación que hemos recibido?
¿Qué hacemos con el llamamiento de Dios?
¿Qué hacemos con la gracia que nos alcanzó?
Ahí empieza la ética cristiana.
Efesios 4 marca un giro decisivo en la carta. Es como una bisagra que
cambia la dirección del mensaje. Los capítulos 1 al 3 nos muestran la obra de
Dios; los capítulos 4 al 6 nos muestran cómo debe vivir el creyente a la luz de
esa obra.
Es como un tren que cambia de riel. Hasta aquí, Pablo nos ha llevado por la
línea de la doctrina; ahora gira hacia la línea de la práctica cristiana.
Y esa práctica no es algo superficial. No es una moralidad vacía. No es
legalismo. No es una lista de reglas para ganar el favor de Dios. No. Es la
respuesta natural, necesaria y santa de una persona que ya ha sido alcanzada
por la gracia.
La vida cristiana no consiste solo en saber doctrina correcta. También
consiste en vivir de manera coherente con la doctrina que confesamos.
Por eso Pablo introduce esta nueva sección presentándose otra vez como “preso
en el Señor”.
Eso es importante. Pablo no habla desde la comodidad. No habla desde la
teoría. No habla como un observador distante. Habla como alguien que vive lo
que predica. Habla como un hombre cautivo por Cristo, entregado por completo al
Señor, y dispuesto a sufrir por la verdad que anuncia.
Y desde esa condición dice: “Yo, pues, preso en el Señor, os ruego…”
No dice simplemente: “les recomiendo”, o “les sugiero”. Dice: “os ruego”.
Es una súplica pastoral.
Es una exhortación seria.
Es un llamado urgente.
¿Y cuál es ese ruego?
Efesios 4:1 “Yo pues, preso en el Señor, os ruego
que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados.”
1. El gran ruego de Efesios 4:1
Vivan de manera digna del llamamiento recibido
Pablo dice:
“Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la
vocación con que fuisteis llamados.”
La idea principal es clara:
Vivan lo que creen.
Caminen de manera coherente con la salvación que han recibido.
Anden como corresponde a los que han sido llamados por Dios.
La palabra “andéis” habla de conducta, de manera de vivir, de estilo de
vida. No se refiere a un momento aislado, sino al caminar diario del creyente.
Y Pablo añade que ese caminar debe ser “digno” del llamamiento.
Aquí hay una verdad muy importante: no se nos está diciendo que vivamos
dignamente para ganarnos la salvación, sino que vivamos dignamente porque ya
hemos sido salvados.
No obedecemos para que Dios nos ame.
Obedecemos porque Dios ya nos amó en Cristo.
No caminamos en santidad para merecer la gracia.
Caminamos en santidad porque la gracia ya nos alcanzó.
Ese es el orden del evangelio.
La relación entre “vocación” y “llamamiento”
En este versículo hay un hermoso juego de palabras. Pablo habla de la “vocación”
con que fuimos “llamados”. En el texto original ambas expresiones están
estrechamente relacionadas. La idea es que hemos recibido un llamamiento
divino, una convocatoria celestial, una obra de gracia por la cual Dios nos
llamó a pertenecerle.
Ese llamado no nació en nosotros. No vino de nuestra capacidad. No brotó de
nuestro mérito. Fue el resultado de la gracia de Dios obrando en nuestros
corazones.
Dios, por su misericordia, abrió nuestro entendimiento. Nos hizo ver
nuestra condición pecaminosa. Nos mostró nuestra incapacidad para salvarnos.
Nos llevó a mirar a Cristo, a la cruz, al Salvador. Y por su obra en nosotros,
creímos.
Ese es el llamamiento.
Pero entonces vuelve la pregunta:
Una vez que hemos sido llamados, ¿cómo debemos vivir?
La respuesta de Pablo es:
De manera digna.
Es decir, de manera coherente, congruente, correspondiente a lo que hemos
recibido.
2. El llamamiento recibido exige una vida digna: La salvación es por gracia, pero esa gracia demanda una respuesta visible en la conducta.
Vivir dignamente: una vida coherente con el evangelio
Vivir dignamente del llamamiento significa vivir de una manera que
corresponda a nuestra nueva identidad en Cristo.
Si hemos sido llamados santos y fieles, como Pablo dice en Efesios 1:1,
entonces debemos vivir como santos y fieles.
Si hemos sido salvados por gracia, entonces debemos reflejar esa gracia en
nuestra manera de pensar, hablar, actuar y relacionarnos.
Si decimos que pertenecemos a Cristo, nuestra vida debe mostrarlo.
Esta es una verdad clave para la vida cristiana. Muchas veces el problema
no está en que no conocemos doctrina, sino en que no vivimos conforme a ella. Y
cuando eso ocurre, el mundo observa nuestra incoherencia y señala con razón la
contradicción.
Cuántas veces hemos visto personas que profesan ser creyentes, pero cuya
conducta niega con hechos lo que afirman con palabras. Y si somos honestos,
tenemos que reconocer que eso también nos ha pasado a nosotros.
A veces somos una persona en el templo y otra distinta afuera.
A veces hablamos de gracia, pero vivimos con orgullo.
A veces defendemos la verdad, pero no reflejamos el carácter de Cristo.
A veces proclamamos el evangelio, pero no caminamos a la altura del evangelio.
Y por eso este llamado es tan necesario.
Si realmente viviéramos de acuerdo con el llamamiento que hemos recibido, nuestras iglesias tendrían un testimonio mucho más poderoso. La diferencia sería visible. El mundo vería una fe auténtica, una vida transformada, una comunidad distinta.
Textos paralelos: ser dignos del evangelio, del Señor y de Dios
Esta idea de vivir dignamente no aparece solo en Efesios 4:1. Pablo la
repite en varios lugares.
En Romanos 16:2, al hablar de recibir a una hermana en la fe, dice que debe
ser recibida “como es digno de los santos”.
En Filipenses 1:27, exhorta: “Solamente que os comportéis como es digno del
evangelio de Cristo.”
En Colosenses 1:10, dice: “para que andéis como es digno del Señor,
agradándole en todo.”
Y en 1 Tesalonicenses 2:12, encontramos: “y os encargábamos que anduvieseis
como es digno de Dios.”
Así que la Escritura insiste en este principio:
vivir de manera digna de los santos,
digna del evangelio,
digna del Señor,
digna de Dios.
Es decir, vivir de forma íntegra, coherente, consecuente.
Una persona íntegra es aquella cuya vida corresponde a su confesión. No es
perfecta, pero sí sincera. No vive en una doble vida. No separa lo que
cree de lo que practica.
II.
EL
RUEGO INCLUYE EL CARÁCTER DE LOS SANTOS Y FIELES
Efesios 4:2 “Con toda humildad y mansedumbre,
soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor.”
Después de hacer el ruego general, Pablo pasa a describir el carácter de
aquellos que viven de manera digna del llamamiento.
Dice la palabra: “Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor.”
Aquí comienza la parte práctica de la ética cristiana. Y no comienza con
grandes hazañas, ni con ministerios vistosos, ni con dones espectaculares.
Comienza con el carácter.
Eso ya de por sí nos confronta.
Nos gusta hablar del poder de Dios.
Nos gusta hablar de la gloria de Cristo.
Nos gusta hablar de la grandeza de la salvación.
Pero cuando el texto nos llama a la humildad, a la mansedumbre, a la paciencia
y a soportarnos unos a otros en amor, sentimos el peso real del discipulado.
1. Humildad
La humildad es pensar correctamente de uno mismo.
No se trata de despreciarse ni de fingir inferioridad. Se trata de tener
una visión sobria y verdadera de quiénes somos delante de Dios. La humildad
reconoce que todo lo que tenemos es por gracia. Que no estamos aquí por mérito
propio. Que podríamos haber terminado muy lejos de Dios, pero su misericordia
nos alcanzó.
La humildad nos libra del orgullo espiritual.
Nos libra de sentirnos superiores.
Nos libra de mirar por encima del hombro a otros.
La humildad recuerda constantemente:
“Estoy aquí por la gracia de Dios.”
Podríamos haber estado destruidos.
Podríamos haber estado perdidos.
Podríamos haber sido arrastrados por el pecado sin esperanza.
Pero Dios tuvo misericordia.
Por eso, una persona humilde no vive exaltándose a sí misma, sino agradeciendo la gracia que la sostuvo.
2. Mansedumbre
La mansedumbre no es debilidad.
Es poder bajo control.
Es la capacidad de responder sin agresividad, de actuar sin violencia, de
mantener el dominio propio aun cuando hay razones humanas para reaccionar con
dureza.
La mansedumbre es una fortaleza gobernada por el Espíritu.
Cristo mismo nos dio el ejemplo. Él tenía todo poder, toda autoridad, toda
gloria. Podía llamar legiones de ángeles. Podía juzgar instantáneamente. Pero
se entregó con mansedumbre.
Por eso, cuando Pablo habla de mansedumbre, nos está llamando a vivir bajo
control santo, no bajo impulsos carnales.
Una vida digna del llamamiento no es explosiva, ni orgullosa, ni irritable, ni agresiva. Es firme, pero mansa. Es clara, pero controlada. Es fuerte, pero rendida al Señor.
3. Paciencia
La paciencia es indispensable en la vida cristiana porque la vida cristiana
se vive en comunidad.
Y donde hay comunidad, hay fricciones.
Donde hay hermanos, hay diferencias.
Donde hay iglesia, hay ocasiones para ejercitar la paciencia.
Nos gusta que los demás sean pacientes con nosotros, pero no siempre
estamos dispuestos a ser pacientes con ellos.
Sin embargo, Pablo no deja espacio para la evasión. Nos llama a vivir con
paciencia porque esa paciencia refleja el trato que Dios mismo ha tenido con
nosotros.
¿Cuánta paciencia ha tenido el Señor con nosotros?
¿Cuántas veces nos ha soportado?
¿Cuántas veces nos ha corregido sin destruirnos?
¿Cuántas veces nos ha esperado con misericordia?
La paciencia cristiana nace cuando recordamos la paciencia de Dios con nosotros.
4. Soportándoos los unos a los otros en amor
Esta expresión es profundamente práctica. No dice simplemente “tolérense”,
sino “soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor.”
Eso significa cargar con las debilidades ajenas, lidiar con las
diferencias, perseverar en la convivencia, mantenerse en el amor aun cuando el
otro no sea fácil.
Esto no es sentimentalismo.
Esto no es romanticismo espiritual.
Esto es vida cristiana real.
La iglesia no está formada por personas perfectas, sino por pecadores
salvados por gracia. Y precisamente por eso necesitamos humildad, mansedumbre,
paciencia y amor.
No se puede vivir Efesios 4 desde el ego.
No se puede vivir Efesios 4 desde la autosuficiencia.
No se puede vivir Efesios 4 sin la obra continua del Espíritu Santo.
III.
EL
RUEGO INCLUYE LA RESPONSABILIDAD DE GUARDAR LA UNIDAD DEL ESPÍRITU
Efesios 4:3 “Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.”
1. La unidad requiere diligencia: La palabra “solícitos” expresa urgencia, empeño y diligencia espiritual.
Aquí aparece otra gran responsabilidad cristiana.
No solo debemos vivir con el carácter correcto; también debemos ser
diligentes en preservar la unidad.
La palabra “solícitos” implica diligencia, prontitud, esfuerzo intencional,
urgencia. No habla de una actitud pasiva. No dice: “si se puede, procuren”.
Dice, en esencia:
“Apúrense en esto.”
“Sean intencionales.”
“No descuiden esta responsabilidad.”
¿Y cuál es esa responsabilidad?
Guardar la unidad del Espíritu.
2. El Espíritu Santo produce unidad: El Espíritu Santo no divide el cuerpo de Cristo; lo une.
1
Corintios 12:13 “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un
cuerpo…”
Filipenses 2:1–2 “Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia, completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.”
Es importante notar que Pablo no dice “crear” la unidad, sino guardar la
unidad. La unidad verdadera ya ha sido producida por el Espíritu Santo. Nuestra
responsabilidad es protegerla, preservarla, cuidarla.
El Espíritu Santo une.
No divide.
No promueve caos carnal.
No produce rivalidades egoístas.
No glorifica el desorden humano.
Donde el Espíritu de Dios obra, hay una unidad real, centrada en Cristo,
fundada en la verdad y expresada en la paz.
Por eso, si de verdad valoramos la iglesia, debemos valorar la unidad.
Si valoramos a Cristo, debemos valorar su cuerpo.
Si valoramos el evangelio, debemos vivir de modo que no destruyamos la comunión
entre hermanos.
3. La unidad debe guardarse en el vínculo de la paz: La paz cristiana no es una paz humana ni política, sino la paz que viene de Cristo.
Pablo dice que esta unidad se guarda “en el vínculo de la paz”.
La paz aquí no es mera ausencia de conflicto. Tampoco es un acuerdo
superficial para evitar problemas. Es la paz de Cristo, la paz que viene de
Dios, la paz que brota de la reconciliación producida por el evangelio.
No es la paz del mundo.
No es una paz negociada por conveniencia.
No es una tregua frágil.
Es la paz que Cristo da a su pueblo.
Y esa paz se convierte en el vínculo que mantiene unida a la iglesia.
Por eso, el creyente maduro no alimenta divisiones innecesarias, no
promueve rivalidades, no se complace en el conflicto. Más bien, trabaja
activamente por la paz, porque entiende que la unidad de la iglesia es preciosa
delante de Dios.
IV.
EL
RUEGO ESTÁ BASADO EN LA UNIDAD COMPLETA QUE INCLUYE VARIAS ÁREAS (ESTE CUARTO
PUNTO SE QUEDA PARA EL PRÓXIMO SERMÓN)
Efesios 4:4–6 “Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis
también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe,
un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y
en todos.”
Pablo deja anunciado que la unidad de la iglesia no está basada en gustos
personales, afinidades culturales, preferencias humanas o tradiciones
particulares. La unidad de los creyentes descansa en realidades espirituales
profundas.
En los versículos siguientes, que introducen la continuación de esta
sección, Pablo hablará de siete fundamentos gloriosos de esa unidad:
- un cuerpo
- un Espíritu
- una esperanza
- un Señor
- una fe
- un bautismo
- un Dios y
Padre de todos
Esos siete elementos muestran que la iglesia no es un club, ni una
asociación humana más, ni una institución religiosa cualquiera. La iglesia es
el pueblo redimido de Dios, unido por una obra sobrenatural, sostenido por una
verdad común y llamado a vivir en comunión visible.
Por eso, si en verdad creemos lo que la Biblia dice acerca de la iglesia,
entonces la vamos a valorar, a cuidar y a honrar como corresponde.
Conclusión
Efesios 4 abre delante de nosotros la gran sección de la ética cristiana. Y
lo hace con una exhortación directa, profunda e ineludible:
Vivan de manera digna del llamamiento que han recibido.
Ese llamado incluye:
- una vida
coherente con la salvación,
- un
carácter marcado por humildad, mansedumbre y paciencia,
- una
disposición a soportarnos en amor,
- y una
diligencia santa para guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la
paz.
La gran pregunta no es solamente si conocemos la doctrina correcta.
La gran pregunta es si vivimos conforme a ella.
No basta con hablar de gracia.
Hay que caminar en esa gracia.
No basta con defender la soberanía de Dios.
Hay que obedecer al Dios soberano.
No basta con decir que somos salvos.
Hay que vivir como personas que han sido verdaderamente transformadas por
Cristo.
Que el Señor nos ayude a no quedarnos solo en la admiración de las doctrinas de Efesios 1 al 3, sino a entrar de lleno en la obediencia práctica de Efesios 4 al 6.
Porque la verdadera teología siempre desemboca en una vida transformada.
PREGUNTAS PARA EL ENCUENTRO CELULAR
1. Según Efesios 4:1, ¿qué significa para ti “andar como es digno del llamamiento”? Comparte un área específica de tu vida donde necesitas alinear tu conducta con lo que crees.
2. De las características mencionadas en Efesios 4:2 (humildad, mansedumbre, paciencia, amor), ¿cuál te cuesta más practicar y por qué? ¿Cómo puedes comenzar a desarrollarla esta semana?
3. Efesios 4:3 nos llama a guardar la unidad del Espíritu. ¿Qué actitudes o acciones pueden estar afectando la unidad en tu vida (familia, iglesia o relaciones)? ¿Qué pasos prácticos puedes tomar para promover la paz?
4. ¿Qué quiere Dios que aprendamos de este sermón o pasaje bíblico?

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