LA NUEVA IDENTIDAD DE LOS FiELES Y JUSTOS

 

Pastor Israel Cordovés

Pasaje Bíblico: Efesios 2:11–22

INTRODUCCIÓN

Continuamos estudiando el libro de Efesios. Y es una bendición ver que muchos hermanos lo están leyendo. Eso es importante, porque como iglesia hemos decidido predicar de manera expositiva las Escrituras. Ya llevamos varios años haciéndolo así, porque cuando la iglesia no conoce la Palabra de Dios, las consecuencias son serias. Como dice la Escritura: “Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento”.

Y no estamos hablando del conocimiento del pastor, ni del conocimiento humano, sino del conocimiento que está en la Palabra de Dios. Por eso exhortamos a la iglesia a leer las Escrituras. Si están leyendo Efesios, muy bien; y si no, lean otro libro de la Biblia, pero lean la Palabra de Dios.

Esta serie sobre Efesios se ha enfocado en la identidad de los creyentes como “santos y fieles”. Santos porque hemos sido apartados por Dios; fieles porque hemos creído en Cristo y porque es Dios quien nos sostiene en esa fidelidad. No estamos aquí por nuestra capacidad, sino porque Dios es fiel.

En el contexto de Efesios 2, Pablo viene enseñando que en Cristo se ha resuelto una gran tensión: la separación entre judíos y gentiles. El miércoles estuvimos considerando que Cristo es nuestra paz, y que de ambos pueblos hizo uno. El pueblo de Dios no se define por sangre, ni por etnia, ni por cultura, sino por aquellos que han sido salvados por la sangre de Jesucristo. Dios no tiene dos pueblos separados; Dios está formando en Cristo un solo pueblo.

Ahora, en Efesios 2:19–22, Pablo aterriza esa verdad en una nueva identidad. Y para explicarla utiliza tres metáforas: una nueva ciudadanía, un nuevo fundamento, y un templo vivo.

“Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios; edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo; en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.”
Efesios 2:19–22

Ilustración para comenzar: Michael Oher creció en Memphis, Tennessee, en una situación extremadamente difícil. Su madre luchaba con la adicción a las drogas, su padre estaba ausente y murió cuando él aún era joven. Durante su infancia pasó por hogares temporales y refugios, muchas veces sin un lugar donde dormir, sin estabilidad, sin dirección y sin una familia verdadera. Una noche fría, la familia Tuohy, una familia cristiana que se reunía en una célula de oración, lo vio caminando solo y le preguntó a dónde iba. Michael respondió que no tenía dónde quedarse, y ellos lo invitaron a pasar la noche en su casa. Aquella noche cambió su vida para siempre. La familia decidió abrirle su hogar, ayudarlo en la escuela, cuidarlo como a un hijo y finalmente adoptarlo como parte de su familia. De repente, aquel joven que no tenía nada ahora tenía un hogar, una mesa, un apellido y una familia. Con el apoyo de su nueva familia, Michael terminó sus estudios, recibió una beca universitaria y llegó a jugar en la National Football League, incluso ganando el Super Bowl con los Baltimore Ravens. Sin embargo, lo más importante no fue el fútbol, sino que dejó de ser un extraño y pasó a ser un hijo. Esta es la historia real que inspiró la película The Blind Side, protagonizada por Sandra Bullock.

I. PRIMERA METÁFORA: UNA NUEVA CIUDADANÍA (v. 19)

1. Ciudadanía del pueblo de Dios “Así que ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos…”

Pablo comienza diciendo que ya no somos extranjeros ni advenedizos. Es decir, ya no estamos fuera, ya no somos personas sin pertenencia, ya no vivimos al margen del pueblo de Dios. Antes había distancia, exclusión y separación; ahora, en Cristo, hemos recibido una ciudadanía nueva.

La palabra “conciudadanos” es muy hermosa, porque no solo dice que tenemos ciudadanía, sino que la compartimos juntos. No somos ciudadanos aislados. Somos conciudadanos de los santos. Eso significa que pertenecemos al mismo pueblo, al mismo reino, a la misma realidad espiritual.

En Cristo desaparecen las divisiones entre judíos y gentiles, y eso también se aplica a nuestras divisiones culturales actuales. En Cristo no hay cubano, puertorriqueño, colombiano, venezolano, mexicano o guatemalteco como categorías de superioridad espiritual. Todas esas barreras quedan subordinadas a una realidad mayor: ahora somos un solo pueblo en Cristo.

Por eso la iglesia debe aprender a verse como una nueva ciudadanía. Cuando alguien llega a la iglesia, no puede venir imponiendo su cultura, sus costumbres o sus preferencias como si fueran absolutas. Ahora pertenecemos a otra ciudadanía. Somos el pueblo de Dios. Cristo es nuestra paz, y de ambos pueblos hizo uno solo.

2. La familia de Dios “…y miembros de la familia de Dios.”

Pablo cambia la imagen de lo político a lo familiar. Primero habla de ciudadanía; luego habla de familia. Ya no solo somos parte de un pueblo, sino parte de una casa.

Esto es profundamente conmovedor. No dice que somos miembros de una organización humana, ni simplemente asistentes a una congregación. Dice que somos miembros de la familia de Dios.

Esa expresión exige aplicación pastoral. La iglesia no es un sitio donde uno entra, consume y se va. La iglesia es familia. Y en toda familia hay problemas, tensiones, diferencias y luchas. Pero nadie abandona su familia simplemente porque haya problemas. De la misma manera, el creyente debe aprender a mirar la iglesia como su familia espiritual.

Recordemos la ilustración Michael Oher. Era un muchacho abandonado, sin casa, sin estabilidad, sin identidad clara. Pero una familia lo recibió, lo adoptó, le dio amor, dirección, protección y hasta apellido. Pasó de estar solo en el mundo a pertenecer a una familia.

Así hace Dios con nosotros. Estábamos lejos, sin ciudadanía, sin casa, sin esperanza. Pero en Cristo fuimos recibidos. Dios no solo nos toleró; Dios nos hizo suyos. Nos introdujo en su casa. Nos hizo parte de su familia.

Y eso también tiene otra implicación: si hemos sido hechos familia de Dios, entonces debemos convertirnos en instrumentos para traer a otros a esa familia. La iglesia debe reflejar ese amor acogedor de Cristo hacia los que están lejos, rotos, desorientados y necesitados del evangelio.

II. SEGUNDA METÁFORA: UN NUEVO FUNDAMENTO DEL TEMPLO (v. 20)

1. Un fundamento que demanda trabajo “…edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas…”

Ahora Pablo cambia de la metáfora de la ciudadanía y la familia a la del edificio. La iglesia no es solo un pueblo ni solo una familia; también es un edificio espiritual.

La palabra “edificados” implica construcción. Implica trabajo. Implica que no estamos llamados a ser espectadores, sino participantes activos en la obra de Dios. No dice: “miren cómo otros edifican”, sino que da a entender que todos estamos siendo edificados y participando en esa construcción espiritual.

Ese edificio tiene un fundamento: los apóstoles y profetas. Es decir, la revelación divina dada por Dios. La iglesia no se construye sobre opiniones humanas, ni sobre emociones, ni sobre ocurrencias religiosas. La iglesia se construye sobre la Palabra revelada por Dios.

Esto también reafirma la centralidad de la Escritura. La iglesia primitiva entendía que debía ser edificada por la enseñanza apostólica y profética. Lo que Dios ya habló es suficiente. No necesitamos nuevas revelaciones que sustituyan la Palabra. Necesitamos obedecer la revelación que ya hemos recibido.

La iglesia de Cristo tiene fundamento sólido porque Dios mismo estableció ese fundamento en su Palabra.

2. Una Piedra principal para el fundamento “…siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo.”

Aunque el fundamento incluye la enseñanza de los apóstoles y profetas, la pieza decisiva del edificio es Jesucristo mismo. Él es la principal piedra del ángulo.

En la arquitectura antigua, esa piedra determinaba la alineación, la dirección y la estabilidad del edificio. Marcaba cómo iba a levantarse toda la estructura. Así también Cristo determina la dirección de la iglesia. Él es la referencia suprema. Él es quien alinea todo.

Por eso, una iglesia sin Cristo pierde dirección. Una vida sin Cristo pierde orientación. Podemos tener religión, costumbre, estructura o actividad, pero si Cristo no es la piedra angular, todo termina torcido.

Aquí resuena Isaías 28:16:

“He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable…”

Y también 1 Pedro 2:6 reafirma la misma verdad. Los apóstoles entendían que Cristo era el cumplimiento de esa promesa. Él es la piedra escogida por Dios.

Entonces la pregunta es necesaria: ¿estamos edificando nuestra vida, nuestra familia y nuestra iglesia alineados con Cristo? Porque una cosa es conocer la dirección, y otra muy distinta es querer seguirla. Pero el creyente verdadero encuentra seguridad en esto: si tiene a Cristo, tiene la dirección de Dios.

III. TERCERA METÁFORA: UN TEMPLO VIVO (ORGANIZACIÓN VIVA) (vv. 21–22)

1. La iglesia es una organización coordinada “En quien todo el edificio, bien coordinado…”

Pablo da un paso más. Ya no solo habla del fundamento, sino del edificio entero. Y dice que está bien coordinado.

La idea es hermosa: todo está conectado, ajustado, funcionando con propósito. No se trata de piezas sueltas, sino de una estructura viva donde cada parte ocupa su lugar. Esto se refiere a los creyentes. Somos piedras vivas, como también enseña Pedro.

La coordinación es una marca de madurez espiritual. Una iglesia sana no es una colección de individuos desconectados, sino un cuerpo que trabaja unido, un pueblo que sirve junto, una casa donde cada uno entiende que forma parte de algo mayor que sí mismo.

Aquí hay una aplicación directa: el creyente no puede limitarse a ocupar espacio en la iglesia. No estamos llamados a “calentar bancos”, sino a participar en la obra del Señor. Cuando una persona no se integra, no sirve, no se conecta y no se coordina con la vida de la iglesia, termina estancándose espiritualmente.

Por eso es necesario preguntarnos: ¿estoy coordinado con la obra de Dios? ¿Estoy conectado, sirviendo, participando, edificando? ¿O solo estoy presente físicamente?

2. La iglesia es una organización que crece hasta ser un templo santo “…va creciendo para ser un templo santo en el Señor…”

Este edificio no está muerto. Va creciendo. Es un organismo espiritual vivo. No se refiere al edificio físico, sino al pueblo de Dios. La iglesia crece, madura, se desarrolla, se extiende y se fortalece.

Pablo habla de ese crecimiento como el desarrollo de un templo santo en el Señor. Es decir, una casa apartada para Dios. Un pueblo separado para Él. Una comunidad donde la presencia y el propósito de Dios se manifiestan.

Efesios 4:16 desarrolla la misma idea cuando dice:

“De quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente… recibe su crecimiento para ir edificándose en amor.”

La iglesia verdadera no puede quedarse inmóvil. Debe crecer en santidad, en unidad, en doctrina, en servicio y en amor. Si pertenecemos a esta casa, debemos desear que sea cada vez más una casa santa para el Señor.

3. La iglesia es una organización cuyo templo es la morada de Dios “…en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios…”

Esta es la culminación del pasaje. No solo somos ciudadanos, no solo somos familia, no solo somos edificio, no solo estamos creciendo. Somos morada de Dios.

Ese es el propósito final de esta nueva identidad: que Dios habite en medio de su pueblo. La iglesia es la casa donde Dios mora por su Espíritu. No el edificio físico en sí, sino la comunidad redimida, reunida, edificada en Cristo.

Esto transforma la manera en que vemos la vida de la iglesia. Cuando Dios mora en una vida, esa vida desea morar con el pueblo de Dios. Por eso el creyente anhela congregarse, aprender, servir, participar y crecer junto a los hermanos. No ve la iglesia como una obligación mínima del domingo, sino como el lugar donde Dios está obrando en su pueblo.

La iglesia es un templo vivo. En las casas, en los grupos pequeños, en el culto, en la oración, en el discipulado, en la comunión, Dios está edificando su morada entre nosotros.

Y cuando eso ocurre, la iglesia se convierte en un instrumento de transformación real. Como aquel hombre que dio su testimonio y decía: “Look at me, look at me”. Mírenme ahora. Antes era otro. Antes estaba destruido. Antes estaba en la calle, sin esperanza, sin dirección, sin casa. Pero Dios, por medio de su pueblo, cambió mi vida.

Eso es lo que hace una iglesia cuando vive como templo de Dios: recibe, transforma, discipula, sostiene, enseña, ama y muestra la gloria de Cristo.

Conclusión

Efesios 2:19–22 nos recuerda que en Cristo ya no somos cualquiera.

Ya no somos extranjeros ni advenedizos.

Ahora somos conciudadanos de los santos.

Ya no estamos huérfanos ni aislados.

Ahora somos miembros de la familia de Dios.

Ya no andamos sin base ni dirección.

Ahora estamos edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo Jesucristo la principal piedra del ángulo.

Ya no somos piedras sueltas.

Ahora formamos un edificio bien coordinado.

Ya no somos una estructura muerta.

Ahora vamos creciendo para ser un templo santo en el Señor.

Ya no vivimos vacíos de la presencia divina.

Ahora somos morada de Dios en el Espíritu.

Que Dios nos ayude a tomar en serio esta identidad. Que no leamos Efesios solo como una carta teológica elevada, sino como una palabra viva para nuestra iglesia. Somos un pueblo especial. Somos una familia. Somos una casa espiritual. Y Cristo es nuestra paz, nuestro fundamento y nuestra dirección.

Amén.

Preguntas para el encuentro celular:

1.  Según Efesios 2:19, ¿qué significa que ya no somos “extranjeros ni advenedizos”, sino “conciudadanos de los santos” y “miembros de la familia de Dios”?

2.   ¿Por qué es importante que la iglesia esté edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, teniendo a Jesucristo como la principal piedra del ángulo?

3.    ¿Cómo debe verse en la práctica que la iglesia es un edificio “bien coordinado” y una morada de Dios en el Espíritu?

4.    ¿Qué quiere Dios que aprendamos de este sermón o de este pasaje bíblico?

 

 

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